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Viscalacant

Un joven se mete por error en la discoteca Wilson y no sabe cuál de las salidas elegir

31/05/2017
Un joven se mete por error en la discoteca Wilson y no sabe cuál de las salidas elegir

Se juró a sí mismo no decírselo a nadie, pero lo hizo con el más “bocas” de sus amigos, que lo difundió tanto que la historia ha llegado hasta nuestros oídos. Y nos vemos en la obligación de contarla, con su permiso.

Iván R. J., un joven noveldense de 22 años, vivió este pasado sábado una noche que él describe como “una historia para no dormir”, pero al mismo tiempo admite que “contada ya con distancia y vista desde fuera, la verdad es que resultó distinta y, por qué no decirlo, hasta divertida“.




Tras acabar los exámenes, este universitario quedó en salir por Alicante con sus compañeros de clase para celebrarlo. El grupo se citó en el Mulligan’s, pero nuestro protagonista no se quedó bien del todo con el nombre del pub.

A eso se suma que no conoce la ciudad y se quedó sin batería en el móvil, por lo que tras llegar desde Novelda a Alicante aparcó su coche en el parking de la calle Italia, “que me pareció que estaba céntrico”, y comenzó a buscar a pie el local.

“Empecé a dar vueltas y no me sonaba nada, ni veía tampoco zona de marcha, así que pregunté a un señor, pero no me acordaba exactamente del nombre del pub. Mascullé Legans, Logans, Melesan, McCullison, no sé, yo recordaba que era un nombre extranjero”, explica el noveldense.

“Entonces, al decirle eso, que el sitio tenía un nombre irlandés o algo así, el señor me dijo todo convencido: ‘Vale, coño, tú estás buscando la Wilson, bribonzuelo’, al tiempo que me guiñaba un ojo”, prosigue su relato Iván, que estudia Químicas.

“Le vi tan seguro al hombre que no me cupo duda de que era ése el sitio. Me dio las indicaciones y estaba a nada, a solo dos calles. Allí que me fui”, apunta.




Al llegar no vio a ninguno de sus amigos en la puerta, pero como quiera que se le había hecho tarde pensó que habrían entrado sin esperarle. “Me chocó que hubiera que pagar entrada, pero bueno, lo hice y ‘padentro”, señala.

“Podría adornar mi reacción al acceder al interior de la discoteca, pero seré gráfico: se me cayeron los huevos al suelo“, asegura Iván.

“Hostia puta, esto qué es“. “Dónde coño me he metido”. “Joder, joder, joder”. “¿Esa de ahí no es clavada a la bruja Lola?”. “Menuda tropa hay aquí metida”. “¿Cuándo sale Cárdenas a entrevistar?”.

Todos esos pensamientos se atropellaban unos a otros en la mente del joven, que iba a darse media vuelta y salir de allí pitando cuando se vio rodeado por un grupo de sonrientes señoras.

“Menos mal que soy un tío del montón tirando ‘pabajo’, siendo honesto, que si llego a estar bueno no sé yo qué habría podido pasar”, cuenta el que se convirtió en centro de atención de la “fiesta”.




“Con mucha simpatía y salero, eso sí, empezaron a presentarse y a hacerme preguntas. Parecían de una despedida de soltera, pero sería de segundas o terceras nupcias“, recuerda Iván, que no tuvo oportunidad de decirles que se iba ya sin antes ser invitado a una copa.

Un cubata que llevó a otro, y a otro más, mientras sonaban canciones que no había escuchado nunca. “El DJ, situado en una isla en mitad de la pista, parecía que de un momento a otro iba a rebobinar cintas de cassette con un boli BIC”, exagera el joven, que no tiene pareja, noticia que fue muy celebrada entre la algarabía de las maduritas.

Cuando se quiso dar cuenta llevaba allí ya dos horas y estaba bailando el tema principal de Grease con un grupo de ocho mujeres ultramaquilladas y cuatro buitres espontáneos de los que ya ni peinan canas.

“En ese momento fui consciente de que si le daba al disc-jockey por poner reguetón, podía darme por jodido”. Aunque, bueno, “había alguna MQMF, no voy a mentir”, reconoce.

Y dicho y hecho, los altavoces comenzaron a escupir los primeros compases de La Gozadera. “Se hizo hasta un trenecito humano durante la canción, como en las verbenas de las fiestas de mi pueblo”, rememora avergonzado quien ejerció de maquinista dándolo todo.

El resto de la noche fue un constante “dirty dancing” con sus nuevas amigas de toda la vida, cuyas caras conforme avanzaba la noche brillaban más y más, al tiempo que los rodales de sudor se dejaban ver en los “animal print” que lucían muchas en sus vestidos.




“No sé qué hora sería cuando decidí que era el momento de elegir una salida, pero tardé demasiado en hacerlo…”, concluye enigmáticamente su relato.

Si algún lector ha visitado esta discoteca, por favor, que aclare si hay más de una puerta para abandonar el recinto. Por ir descartando teorías.

Si te gustó esta historia, no te pierdas esta otra: El Concerto sólo dejará entrar a tías buenas y macizorros.